A diferencia de otros contextos donde el consumo musical se ha desplazado hacia prácticas individuales, en México la música mantiene un fuerte carácter colectivo. Históricamente, ha acompañado celebraciones comunitarias, rituales sociales y expresiones públicas de identidad. Esta dimensión compartida explica por qué el concierto no se concibe únicamente como un espectáculo, sino como una experiencia social de alta relevancia.
El público mexicano participa activamente en los conciertos, no solo como espectador, sino como parte constitutiva del evento. Esta participación intensiva refuerza el valor simbólico de la experiencia en vivo y contribuye a consolidar una demanda sostenida.



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